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Los aceites no son buenos para tu piel.
En los últimos años hemos asistido a una auténtica revolución en el cuidado de la piel. Las redes sociales han popularizado rutinas cosméticas cada vez más complejas y, paralelamente, ha surgido una tendencia que identifica lo “natural” con lo necesariamente beneficioso. Dentro de esta corriente, los aceites vegetales puros aplicados directamente sobre el rostro han adquirido un protagonismo especial.
Aceite de coco, oliva, almendras, argán, jojoba… se presentan en muchas ocasiones como alternativas naturales para hidratar, nutrir o reparar la piel.
Sin embargo, natural no significa necesariamente adecuado para la piel.
Y en hombres y mujeres jóvenes, especialmente cuando existe una piel con patología, aplicar aceites de forma habitual sobre el rostro puede ser una malísima idea.
¿Por qué?
1. Oclusión: una especie de “manta” sobre la piel.
Los aceites aplicados directamente sobre la superficie cutánea pueden formar una película más o menos oclusiva que disminuye la pérdida de agua a través de la epidermis. Esta propiedad puede resultar interesante en determinadas situaciones de sequedad cutánea, pero no necesariamente es beneficiosa en una piel joven con una producción sebácea elevada.
La cara es una de las regiones del organismo con mayor densidad y actividad de glándulas sebáceas, especialmente en la denominada zona T: frente, nariz y mentón.
Si sobre una piel que ya produce una cantidad importante de sebo añadimos de manera repetida una capa lipídica externa, podemos generar un entorno excesivamente oclusivo.
Podríamos explicarlo de una manera muy gráfica: es como colocar una “manta térmica” sobre la piel.
Debajo de esa película se modifica el microambiente de la superficie cutánea, aumentando la retención de humedad y favoreciendo determinadas condiciones de oclusión que, en personas predispuestas, pueden contribuir a irritación, foliculitis o empeoramiento de lesiones acneiformes.
Más grasa no significa una piel más sana.
2. Pueden favorecer la obstrucción del folículo.
Otro de los problemas es lo que ocurre alrededor de la unidad pilosebácea.
El acné no aparece simplemente porque una persona tenga “mucha grasa”. En su desarrollo intervienen diferentes mecanismos: aumento de la producción de sebo, alteraciones de la queratinización folicular, inflamación y cambios relacionados con Cutibacterium acnes.
Cuando utilizamos productos excesivamente grasos u oclusivos sobre una piel predispuesta, podemos favorecer la acumulación de material dentro del folículo y facilitar la aparición o persistencia de comedones, puntos negros, puntos blancos y lesiones inflamatorias.
Una piel joven ya dispone de su propio sistema lipídico de protección. No necesita que añadamos más grasa desde el exterior.
3. La microbiota de la piel también importa.
Hoy sabemos que nuestra piel no es una superficie estéril.
Sobre ella convive una compleja comunidad de microorganismos —bacterias, hongos y otros microorganismos— que constituye el microbioma cutáneo y que participa activamente en el mantenimiento de la función barrera y del equilibrio inmunológico de la piel.
Modificar de forma importante las condiciones de la superficie cutánea también puede modificar este ecosistema.
Determinados lípidos y ácidos grasos pueden interactuar con microorganismos presentes habitualmente en nuestra piel. Entre ellos encontramos Cutibacterium acnes, relacionado con la fisiopatología del acné, y especies de Malassezia, implicadas en patologías como la dermatitis seborreica y determinadas foliculitis.
Cambiar el entorno lipídico y la oclusión de una piel susceptible puede favorecer desequilibrios y empeorar determinadas patologías.
Por eso, cuando una persona joven comienza de repente a presentar pequeños granitos, comedones o lesiones foliculares, una de las primeras cosas que debemos revisar es exactamente qué productos está aplicando sobre su rostro.
Cara y cuerpo no son lo mismo.
Y aquí está una de las grandes claves.
La piel del cuerpo y la piel de la cara tienen características diferentes.
La densidad de glándulas sebáceas varía enormemente según la región anatómica. Mientras que determinadas zonas del rostro presentan una gran concentración de glándulas sebáceas, áreas como brazos y piernas tienen una densidad mucho menor y suelen presentar mayor tendencia a la sequedad.
Por eso una persona puede tener perfectamente la cara grasa y las piernas extremadamente secas al mismo tiempo.
Y por eso un producto que no es adecuado para utilizar diariamente sobre una cara joven y acneica puede resultar fantástico aplicado sobre determinadas zonas corporales secas.
En resumen: aceite en la cara, NO; aceite en el cuerpo, puede ser un gran aliado.
Si tuviera que resumirlo de una manera muy sencilla:
NO al aceite aplicado sobre la cara, especialmente en pieles jóvenes, grasas, mixtas o con tendencia acneica.
SÍ podemos utilizar aceites y productos ricos en lípidos sobre el cuerpo cuando existe sequedad, porque la realidad es que muchas zonas corporales están “más secas que una pasa”: tienen muchas menos glándulas sebáceas que determinadas áreas del rostro y, además, su producción lipídica puede ser considerablemente menor.
La clave, como ocurre casi siempre en dermatología, no está en decidir que un ingrediente es universalmente “bueno” o “malo”. Está en entender qué necesita cada piel, en qué zona del cuerpo, en qué momento y mediante qué formulación.
Porque cuidar más la piel no significa ponerle más productos.
Significa ponerle los productos adecuados.
¿Y qué ocurre con la doble limpieza?
¿Realmente necesitamos limpiar la piel dos veces?
Aquí aparece otra de las tendencias cosméticas que más se han popularizado en los últimos años: la doble limpieza facial.
El método consiste habitualmente en realizar una primera limpieza con un producto de base oleosa —un aceite o bálsamo limpiador— y, a continuación, realizar una segunda limpieza con un limpiador de base acuosa.
Y la pregunta que deberíamos hacernos es muy sencilla:
¿Para qué queremos poner aceite sobre una piel que ya produce su propia grasa, quitarlo y después volver a lavar la cara con otro limpiador?
No es necesario.
La piel no necesita estar sometida a dos procesos de limpieza consecutivos para estar sana. De hecho, una limpieza excesiva puede alterar los lípidos fisiológicos del estrato córneo y favorecer sequedad, irritación, sensación de tirantez y alteración de la función barrera.
Tenemos que abandonar la idea de que una piel que queda más “desengrasada” está necesariamente más limpia o más sana.
Si necesitas más información o un asesoramiento más personalizado no dudes en consultarnos.




